Pongo estos seis versos en mi botella al mar
con el secreto designio de que algún día
llegue a una playa casi desierta
y un niño la encuentre y la destape
y en lugar de versos extraiga piedritas
y socorros y alertas y caracoles.
Mario Benedetti, 1984

lunes, 16 de abril de 2012

Me lo permito


Hay veces que pierdes el rumbo. Por supuesto que las hay... Pero, ¿cuántas está permitido?
Me río por no llorar; esbozo media sonrisa por si acaso me está mirando. Miro sin mirar. Pierdo el rumbo. Claro que lo pierdo...
¿Cómo no voy a perderlo? Me distraen tus andares y me distrae perdidamente que sonrías. Me distrae que pretendas distraerme y me distrae la sola idea de que lo hagas. Me distraen tus aires... Me distraigo yo, no es tu culpa. Tú no existes...
Además, ¿cómo voy a perder el rumbo si nunca lo tuve? Toda mi vida ha sido bailar en círculos... Girar y girar sobre un eje que de vez en cuando decide cambiar... ¿Qué culpa vas a tener tú si no te conozco? ¿Qué culpa vas a tener tú si ya eres otro?
Y pierdo el rumbo. Pierdo el rumbo hasta dibujando una y otra vez la misma circunferencia... tan rayada está ya por el tiempo que comienza a socavar lo que parece un laberinto que pretende encerrarme... A veces el pánico me empuja a correr - sin prisa, soy yo - y me angustia el hecho de que por más que apure no haré más que llenarme de fango y encarcelarme entre mis pasos...
Paso a paso pierdo el rumbo y es ese "sinrumbo" el que acaba por  atraparme, y es esa falta la que acaba por convertirse en sí misma en un rumbo.
¿Y qué le voy a hacer? Mi rumbo es mi sinrumbo.
Aplauso señores.


Víctor
(Colaboración especial)


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