Desde que era pequeño y no levantaba más que un metro del suelo me siento atraído de una forma inexplicable por la música. Me emboba, me hipnotiza, me tranquiliza. Sin embargo, noto una espinita en lo más profundo de mí cuando veo a alguien tocando. Una envidia sana me corroe desde las entrañas y deseo aprender a tocar algún día. Me encantaría jugar con las cuerdas en mis manos, acariciar la suave madera llena de “do”s y “fa”s y dejarme envolver por melodías sin contar.
Una vez más, lo apunto en mi lista de cuestiones pendientes. Sin duda, aun tengo tiempo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario