Pongo estos seis versos en mi botella al mar
con el secreto designio de que algún día
llegue a una playa casi desierta
y un niño la encuentre y la destape
y en lugar de versos extraiga piedritas
y socorros y alertas y caracoles.
Mario Benedetti, 1984

domingo, 29 de abril de 2012

Aun así...

Hoy me ha faltado algo. Y creo que eres tú.

Me ha faltado tu risa y me ha faltado tu llanto. Tu estar
sin estar y tu voz en silencio. Me ha faltado tu acento y me ha faltado el
sonido de tu mano rozándome. Me han faltado tus besos y me ha faltado la
humedad de tus lágrimas.

He sentido cómo el vacío sigue sin llenarse, aunque lo único
que podría dejarse escuchar es ese algo mientras se llena. Pero mi vacío lo tengo cubierto con el vacío de tus ojos. Mi vacío por el tuyo, el tuyo por el mío.
De mis labios no salen más que tus palabras, no por capricho sino por la necesidad de oírte.
Ojalá el aire me trajese noticias, ojalá esa bocanada que exhalaste llegase a mí para contarme en un susurro qué es lo que te pasa. Ojalá contemplar la luna me consolase de verdad, más allá de ese sentimiento de desahogo que me reporta mirar lo mismo que puedes estar mirando tú. Esa sensación que me da calor al pensar que en algún lugar nuestras miradas se están encontrando y se unen por la luz que refleja ese gigante. Pero ni la estrella más grande es capaz de velar mi tranquilidad. O si lo hace, yo no me doy por satisfecho.

Añoro lo que nunca tuve. Y lo tuve todo. Lo tuve todo, todo
lo que nunca tuve. Yo mismo me lo brindé, yo mismo me concedí ese capricho y, cual
fugaz estrella, dejé caer un deseo al pie de mi cama. Me rocié de polvo de hadas
sin darme cuenta de que caía en la mismísima muerte.

Mil latidos oigo pero no distingo el tuyo. porque sólo
escucho el mío. El mío, sí. Me manejo a mí mismo como viejo titiritero. Muevo
mis hilos, endulzo mis labios y adulo a mis oídos. Bonita farsa la que pretendo
montar. Llenar de tragicomedias mi vida agota mis fuerzas pero no seca mis
lágrimas. Llena de ilusiones y no fragua sonrisas; no más que las tímidas que
asoman cuando te recreas en tu propia literatura.


Y aun así, te extraño.


Y aun así, me sigues faltando sin faltar porque nunca
estuviste.

Porque lo que nunca
estuvo no puede sentirse faltado.

Porque no puede faltar algo que nunca estuvo.

Porque aquello que nunca estuvo está exento de la virtud o
la falta de faltar.


Y aunque no pueda
echar en falta algo que nunca tuve.
Aun así,
tú me faltas."


Víctor
(Colaboración especial)

miércoles, 25 de abril de 2012

Piaf

Un folio en blanco y mil tormentas en la cabeza. Un poderoso impulso me incita a afrontar el reto de desenredar estos sentimientos espinosos y plasmarlos, sin pensar, como una sucesión de letras.
Miles de días compartidos, risas que se solapaban, llantos que se apaciguaban... Pasado. Caminos que se separan. Personas que vienen y que van. Personas que se cruzan en tu vida, dejan su huella como pisadas en la arena mojada y se distancian. El tiempo, como las olas, va borrando las huellas de la gente que ya no está.
Pocos son los amigos que permanecen a tu lado rías o llores, nieve o diluvie, aciertes con tus decisiones o le hagas daño con ellas. Una mano, y sobran dedos.
Por eso hoy quería escribir estas líneas, para mí son como un portazo para ahuyentar los fantasmas olvidados del pasado, un silbido para llamar a la gente que me aportará algo en el futuro aunque nuestros caminos se crucen por un breve periodo de tiempo, pero sobre todo un grito para decirle a la gente que quiero que sigo creyendo en esas huellas imborrables.


"Avec mes souvenirs j'ai allumé le feu,
mes chagrins, mes plaisirs,
je n'ai plus besoin d'eux"
Edith Piaf

miércoles, 18 de abril de 2012

Aplomo

Piiiiiii Piiiiiii
Me había colgado. Ese era uno de esos momentos en los que arrojarías el móvil contra la pared con la fuerza suficiente para atravesarla, pero todo acabaría en decepción y el teléfono triturado en el suelo.
Sólo quería gritar. Sacar lo que llevaba dentro. Rabia. Incomprensión. Respiré profundamente dos veces, como me enseñaron una vez para no hacer algo de lo que pudiera arrepentirme.
Me tumbé en la cama, me puse los cascos y me sumergí en unas melodías que conocía de memoria con el ciego convencimiento de que sólo así me calmaría. La luz apagada, un sutil aroma a café que llegaba desde la cocina y mis pensamientos diluidos en letras nimias.

...

Sin duda, la música amansa a las fieras.





lunes, 16 de abril de 2012

Me lo permito


Hay veces que pierdes el rumbo. Por supuesto que las hay... Pero, ¿cuántas está permitido?
Me río por no llorar; esbozo media sonrisa por si acaso me está mirando. Miro sin mirar. Pierdo el rumbo. Claro que lo pierdo...
¿Cómo no voy a perderlo? Me distraen tus andares y me distrae perdidamente que sonrías. Me distrae que pretendas distraerme y me distrae la sola idea de que lo hagas. Me distraen tus aires... Me distraigo yo, no es tu culpa. Tú no existes...
Además, ¿cómo voy a perder el rumbo si nunca lo tuve? Toda mi vida ha sido bailar en círculos... Girar y girar sobre un eje que de vez en cuando decide cambiar... ¿Qué culpa vas a tener tú si no te conozco? ¿Qué culpa vas a tener tú si ya eres otro?
Y pierdo el rumbo. Pierdo el rumbo hasta dibujando una y otra vez la misma circunferencia... tan rayada está ya por el tiempo que comienza a socavar lo que parece un laberinto que pretende encerrarme... A veces el pánico me empuja a correr - sin prisa, soy yo - y me angustia el hecho de que por más que apure no haré más que llenarme de fango y encarcelarme entre mis pasos...
Paso a paso pierdo el rumbo y es ese "sinrumbo" el que acaba por  atraparme, y es esa falta la que acaba por convertirse en sí misma en un rumbo.
¿Y qué le voy a hacer? Mi rumbo es mi sinrumbo.
Aplauso señores.


Víctor
(Colaboración especial)


viernes, 13 de abril de 2012

Chocolate y sal

Los transeúntes caminan ajenos a mi dejada observación. Los árboles se difuminan y mis ojos se vuelven locos por seguir su ritmo. Sigo mirando a través de la ventanilla de mi autobús. Una parada, otra. Todas iguales. Hoy estoy feliz, ha sido una mañana de provecho a pesar del inicio desesperanzador típico de un lunes cualquiera. Un madrugón que sólo unas horas después puedo asegurar que ha merecido la pena.

Vuelvo a casa sumido en la realidad paralela de mi autobús, sin pensar en nada y dándole vueltas a todo. Miro por la ventanilla. Me distraigo con la conversación de dos chicas que acaban de salir del instituto y comparten cotilleos de "vital importancia". Sus voces se mezclan con la del hombre de delante que habla por el móvil. Una mujer intenta leer ignorando la música que escucha su joven compañero de viaje que se arriesga sin temor a una rotura de tímpano, los badenes tampoco ayudan a mantener la concentración a nuestra lectora.

Suena un pitido, "PARADA SOLICITADA". Me levanto y salgo del autobús. Mientras ando hacia mi casa, me rugen las tripas. De repente, se me borra la estúpida sonrisa de la cara pensando en la sosa tarde de estudio que me espera a pesar de la dulce mañana dis-(a)-frutada.

Desde el autobús, toda vida relevante se veía más lejana.


sábado, 7 de abril de 2012

Cuentas pendientes.

Desde que era pequeño y no levantaba más que un metro del suelo me siento atraído de una forma inexplicable por la música. Me emboba, me hipnotiza, me tranquiliza. Sin embargo, noto una espinita en lo más profundo de mí cuando veo a alguien tocando. Una envidia sana me corroe desde las entrañas y deseo aprender a tocar algún día. Me encantaría jugar con las cuerdas en mis manos, acariciar la suave madera llena de “do”s y “fa”s y dejarme envolver por melodías sin contar.

Una vez más, lo apunto en mi lista de cuestiones pendientes. Sin duda, aun tengo tiempo.


jueves, 5 de abril de 2012

El paseo de la derrota

Abro los ojos. Todo está oscuro. Miro a izquierda y derecha, no reconozco la habitación. A mi lado, yace una joven. Está dormida, tranquila, pero por su aspecto parece que ha caído de un séptimo piso. Me incorporo de la cama y busco mi ropa ayudándome de la tenue luz que se filtra a través de la persiana. Para cuando consigo llegar al pasillo, ya vestido, veo la hora. Son las 12 de la mañana. Consigo llegar a la puerta con todo el sigilo que soy capaz de reunir.
                - Hola. ¿Ya te vas? ¿No quieres desayunar algo? – me saluda una voz desde la cocina.
                - No, no, muchas gracias, sólo quiero llegar a casa que tengo cosas que hacer. – respondo de manera automática, no sin mirar hacia quien tan amablemente me había invitado a compartir un café.  Una chica de veintitantos, de tez pálida y larga cabellera rubia disfrutaba de un café de pie todavía con la ropa que sin duda había usado para dormir: una camiseta de algodón 3 tallas más grande que la que le correspondía y un pantaloncito corto ajustado.
                - Tú mismo. ¿Una noche larga, eh?
                - La verdad es que sí. Bueno, me voy, gracias. Hasta luego. – doy por terminada la conversación saliendo por la puerta y busco el ascensor con el único pensamiento de llegar a la calle. Ya desde el ascensor me parece que un “adiós” se filtra por debajo de la puerta recién cerrada.

Al abrir el portal, la realidad me golpea como una bola de acero de esas que se usan para la demolición de edificios. ¿Qué estaba haciendo con mi vida?
La brisilla me despeja un poco las ideas mientras camino por la calle buscando algo reconocible. No paraba de darle vueltas a algo en la cabeza... De repente, empieza a chispear. Me paro. Cierro los ojos y mirando hacia arriba dejo que las gotas de lluvia laven mi pena. Recuerdo días en los que la lluvia no era un método de limpiar mi conciencia, sino una oportunidad de pasarlo como un niño pisando charcos. Sigo caminando con la cazadora empapada, el cielo gris no da tregua alguna. En pocos minutos comienza a diluviar. A lo lejos, veo una boca de metro. Me encamino hacia allí. No corro, no tengo prisa por volver a casa, no tengo prisa por volver a lo de siempre...