Pongo estos seis versos en mi botella al mar
con el secreto designio de que algún día
llegue a una playa casi desierta
y un niño la encuentre y la destape
y en lugar de versos extraiga piedritas
y socorros y alertas y caracoles.
Mario Benedetti, 1984

viernes, 13 de abril de 2012

Chocolate y sal

Los transeúntes caminan ajenos a mi dejada observación. Los árboles se difuminan y mis ojos se vuelven locos por seguir su ritmo. Sigo mirando a través de la ventanilla de mi autobús. Una parada, otra. Todas iguales. Hoy estoy feliz, ha sido una mañana de provecho a pesar del inicio desesperanzador típico de un lunes cualquiera. Un madrugón que sólo unas horas después puedo asegurar que ha merecido la pena.

Vuelvo a casa sumido en la realidad paralela de mi autobús, sin pensar en nada y dándole vueltas a todo. Miro por la ventanilla. Me distraigo con la conversación de dos chicas que acaban de salir del instituto y comparten cotilleos de "vital importancia". Sus voces se mezclan con la del hombre de delante que habla por el móvil. Una mujer intenta leer ignorando la música que escucha su joven compañero de viaje que se arriesga sin temor a una rotura de tímpano, los badenes tampoco ayudan a mantener la concentración a nuestra lectora.

Suena un pitido, "PARADA SOLICITADA". Me levanto y salgo del autobús. Mientras ando hacia mi casa, me rugen las tripas. De repente, se me borra la estúpida sonrisa de la cara pensando en la sosa tarde de estudio que me espera a pesar de la dulce mañana dis-(a)-frutada.

Desde el autobús, toda vida relevante se veía más lejana.


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